
Que nadie ose tocar a la cándida inocencia
que no se acerque el perverso
disfrazándose de ingenuo
y pretendiendo salir ileso de sus hazañas;
el que a hierro mata el tiempo,
a fuego muere despacio
envuelto en pánico gris,
perseguido por la vida que olvidó el término medio.
Si apareces con las manos manchadas de miedo y culpa
no pidas perdón
en mi mundo,
-se para la rotación y comienza el juicio eterno-
en el que estás sentenciado
a ir con ella de la mano
(sin defensa y sin oficio):
la muerte de la inconsciencia,
la muerte de la esperanza,
la muerte que te amenaza
y se cumple a raja tabla.
Clavándose en tus entrañas
lentamente
infecciosa
convertida en tu reflejo,
en tu sombra,
consumiendo tus reservas
y borrando tus recuerdos,
atrofiando los sentidos que no mereces tener,
arrancándote los ojos,
figurativamente,
amputándote las manos
si te atreves a nombrarla (y no te muerdes la lengua)
vaciándote las venas
hasta que ya no me queden fuerzas para llorar...
y entonces cuando me mires (si consigues verte el alma)
estando frente al Diablo,
sabrás porque no te juzgo
sabrás cuál es tu sentencia;
sin reproches, sin excusas
obligado a redimirte
por la voz de tu Conciencia.
